Lo que buscamos es poder vivir dignamente, ni más ni menos.

La vida buena, entendida como realización plural y como presupuesto moral, está compuesta —en términos conceptuales— por dos realidades propias del ser humano en cuanto sujeto. La noción de bueno está relacionada con la concepción aristotélica de eudaimonía; lo bueno no es en sí ni un bien material de pertenencia ni un valor ético de comportamiento, sino una sensación moral de sentirse bien: un placer racional que conduce a alcanzar lo que se quiere, la felicidad. Y vida, como la depositaria del anhelo de bondad del sujeto; contrario a preceptos religiosos o metafísicos, no es un asunto relacionado con la experiencia espiritual, natural o intelectual, sino el resultado en sí mismo de las manifestaciones cotidianas del ser humano como un todo integral.

Experimentar vida buena como una experiencia integral es reconocer y entender críticamente la propia vida a la luz de procesos de encuentro con el otro. Cuando este encuentro se da en términos conflictivos, deja entrever las barreras morales, que se ven obligadas a manifestarse bajo el umbral de la visibilidad pública y se convierten en razones de lucha. Por ejemplo, cuando la sensación de vida buena se ve obstruida por la pobreza —en tanto experiencia de ausencia de lo necesario para el bienestar—, la condición material se convierte en la expresión visible del fracaso individual de la realización, que obliga a tomar conciencia de ella y convertirla en un proceso emancipador. Así, la molestia individual pasa a ser reclamo colectivo y exige una transformación de la realidad.

Esta lucha no se da solo en términos materiales, y esa no es su motivación. La preocupación por la vida en términos morales es lo que motiva a los sujetos en esta dirección, pues en sus experiencias cotidianas experimentan situaciones que se presentan como barreras morales, las cuales validan prácticas de exclusión y desigualdad hasta naturalizarlas. Es concebir la existencia de barreras morales hacia abajo y hacia arriba en la escala social y, con ello, la defensa de una identidad o de un mundo moral propio —a resguardo del mal moral que representan los otros grupos, a quienes se estigmatiza, por ejemplo, como flojos (los de abajo) o corruptos (los de arriba)—, lo cual implica una adaptación perfecta, se podría decir conformista, a la propia condición social, que genera resiliencia y aparta el sufrimiento social.

La experiencia de vida buena permite desarrollar la intuición recíproca. Esta es entendida como un ejercicio natural que articula las pretensiones del individuo —de ser feliz o realizarse como persona— con las instituciones establecidas en la comunidad a la que pertenece o desea pertenecer. Y se da a través de un vínculo dinámico que parte de la conciencia de sí que tiene el individuo, con miras a una vivencia intersubjetiva como punto de llegada. Dicha intuición se da cuando el sujeto, en su experiencia de comunidad (comprendida como la sumatoria de individuos que se reconocen libres), se articula con base en las dimensiones jurídicas preestablecidas para producir relaciones éticas, que son el respaldo de la intersubjetividad.

Al ser vivida, dicha experiencia permite indicar que existe comunidad o ausencia de ella, y esta no es una vivencia estática. Por el contrario, está en constante movimiento, de forma escalonada, ya que el individuo asciende a la comunidad por un valor de reconocimiento; pero, cuando una actitud personal no logra dicha valoración, vuelve a sí mismo para identificar el daño causado y exigir validez, pues solo se experimenta intersubjetividad en la medida en que pueden combinarse la autonomía de los sujetos con el reconocimiento que otorga la comunidad.

A partir de esta intuición recíproca, queda establecido que la vida buena es dinámica, y de inmediato se da cuenta de su estrecho vínculo con el concepto de proyecto de vida: cada individuo construye —con las perspectivas de validez desde su escenario moral— aquellos patrones que le dan bondad a su vida, o sea, realización. Todo lo que se interponga a este proyecto es percibido como expresión de barreras morales, que ponen tensiones a las formas como los sujetos asumen la dinamicidad de su proyecto de vida buena y les genera un proceso de conflicto consigo mismos y con el entorno; privándoles de asumir una perspectiva transformativa de esas barreras que les obstaculizan, y haciéndoles creer que no son adecuadas sus pretensiones morales de proyecto de vida. Esas experiencias negativas no se dan tanto en el orden material como en el moral: discriminación injusta, menosprecio, agravio moral o desigualdad de trato; y permiten elaborar demandas externas con fundamentación moral.

El concepto de vida buena, intersubjetivamente coaccionante, relativamente encarnado en el plano moral, puede ser captado, en cuanto a su contenido, como sigue: que a todo miembro de la comunidad se le conceda la oportunidad de determinar su curso vital en el espacio de los derechos que se le atribuyen. Poner la experiencia de vida buena en los sentimientos morales otorga la certeza de que esta no sea fruto de una práctica impuesta, sino de un anhelo marcado en la vida misma y manifestado en las pretensiones de cada sujeto. Pero estas solo se cumplen en el encuentro con el otro que, en su acogida, no solo valida la autonomía que asiste al validado en sus pretensiones, sino que pone todo lo que esté a su alcance para su realización, que es dada en materia de bienestar.

De la misma manera que se pone en peligro el proyecto de vida buena en las condiciones actuales de la Modernidad, también (y tal vez de manera más profunda) existe un alto flujo de distorsiones de la realidad, donde el nivel de racionalización del mundo de la vida conduce a su colonización (en términos habermasianos) y rompe en ella su mayor virtud: su capacidad integradora. Los mecanismos sistemáticos, propios de los procesos de racionalización, amenazan hoy las expresiones espontáneas de integración social a partir de dos riesgos: por un lado, la exclusión cultural, que reduce la comunicación de experiencias por los límites semánticos y simbólicos; y por otro, la individualización institucional, que articula condiciones espaciales o socioculturales para hacer de las experiencias algo individualizante. En ambos casos se obtiene un ejercicio deficitario de la búsqueda de vida buena, dejándola como una experiencia meramente individual ante la ausencia del otro como mediador.

Esta acción comunitaria es activada por un proceso de lucha, pues en la búsqueda de condiciones de buena vida que emprende cada individuo, al hacer conciencia de sí, aparecen paralelamente expresiones de rechazo a su proyecto personal, generándole momentos de incomodidad o insatisfacción que le producen malestar. Esto sucede en una sociedad que, en apariencia, funciona correctamente, pero que, en las experiencias de frustración individual, deja ver las patologías que le son congénitas y llevan al individuo —cuando constata que algo no funciona correctamente— a buscar en esa misma comunidad que le niega reconocimiento respuestas a preguntas tales como: ¿por qué experimenta insatisfacción si aparentemente todo está bien?, ¿qué ocasiona en su entorno los padecimientos, los modos fallidos de relación y la ausencia de solidaridad?, ¿qué determina la existencia de enfrentamientos y odios entre seres humanos sin conocerse, que le impiden realizar su proyecto de vida?

Su trabajo no consiste en presentar experiencias exitosas de vida buena, sino en denunciar los hechos que los sujetos experimentan como injustos y les impiden avanzar en su proyecto de vida. A partir de su análisis, se dirige a entender los vínculos entre la moral y el reconocimiento, entre lo que cada sujeto desea para su vida y lo que la sociedad le valida en su entorno social. Cuando no hay articulación entre estos dos propósitos, del individuo y de la sociedad, se constituyen ofensas morales que obstaculizan los sentimientos subjetivos de realización personal.

Amplios sectores de la sociedad, sobre todo quienes experimentan déficit de derechos, prácticas de exclusión o bloqueo a sus intereses autonómicos, coinciden en expresar situaciones de ausencia de justicia, que impiden el desarrollo de la libertad y conducen a la degradación de sus vidas. Solo en un proceso de reconocimiento social —como advierte Honneth (2011)— podrán liberar las experiencias sociales de injusticia en su conjunto y transitar hacia un proceso de integración comunitaria. Es decir, solo se apreciará el proyecto de vida (resultado de un interés particular) como “bueno” cuando el entorno comunitario lo valide e integre al conjunto de lo que normativamente propone como proyecto ético y político de sociedad.

Ante este panorama de frustración del proyecto de vida buena, los seres humanos se hacen las siguientes preguntas: ¿qué imposibilita el desarrollo de la concepción de vida buena? y ¿por qué lo que estima un sujeto no tiene reconocimiento social? Las respuestas están dadas a partir de la inactivación de las instituciones éticas y la desilusión que se experimenta, dado que, a pesar de que se construyen sociedades en derechos, la asimetría sigue siendo una constante y se pormenoriza cada vez más el efecto soterrado del poder capitalista, que no da el salto de “conocer” a “reconocer” y ve en el otro un objeto atento a servicios, y no un ciudadano con derechos.

Wilson Castañeda Castro

Director

Caribe Afirmativo