Es urgente que, como movimiento social, nos levantemos y condenemos la violencia sistemática y genocida contra Palestina. No es posible usar de manera cosificante la lucha por el reconocimiento de la diversidad sexual y de género para justificar la opresión.
Es supremamente grave y condenable cómo el sionismo trata de justificar el asesinato de miles de personas y las prácticas desproporcionadas de violencia que crecen sin medida en los últimos días en la Franja de Gaza, bajo la premisa de que este no es un lugar seguro para los derechos humanos —entre ellos, los de las personas LGBTIQ+—, por su cultura musulmana. Estos señalamientos desconocen que sus habitantes son víctimas, y no hacedores, de un discurso de exclusión que esconde un racismo recalcitrante. Con estos señalamientos se busca proponer que su modelo de sociedad —occidental y capitalista— es garante de derechos; eso sí, desde una tribuna clasista, blanca y patriarcal, que ha hecho de los derechos un accesorio discursivo para atacar a los otros, y no un compromiso de vida. Pretenden hacer razonables cada uno de los actos de violencia y control, bajo el imperativo de señalar que lo que llaman “orientalismo” —solo porque en esa cultura no occidental, no blanca, no judía, no hay posibilidad de vida moderna— es sinónimo de negación de derechos y libertades. Efectivamente lo es, pero no por ellos, sino por el resultado de lo que diferentes procesos coloniales han hecho de ellos como pueblo.
El sionismo, como movimiento político nacionalista tras los deseos de autodeterminación, propende por un nacionalismo en la diáspora que no se integra, sino que aísla; construye relatos de libertad sobre el borramiento de un pueblo entero. Opera con base en el miedo, emprende campañas de violencia en nombre de la fe, porque ve a los palestinos —objeto de sus ataques— no como personas con quienes puedan convivir, sino como sujetos “indeseables” que deben ser aniquilados. Con base en este miedo, como política de relación, les hacen responsables de su desgracia colonialista y les imponen un proyecto de vida que consideran superior. Como dice Lander, es una “colonialidad del saber”, que busca establecer una verdad oficial contenida de racismo y que anula cualquier posibilidad diferente de ser. Tildándoles de orientalistas (lo malo) frente a lo occidental (lo bueno), esta es una expresión hegemónica asolapada que hace sentir a la víctima como responsable de sus hechos victimizantes, y justifica el genocidio con el discurso de la liberación, en términos cisgeneristas, masculinos y desde un feminismo blanco que expresa con claridad un racismo naturalizado y un patriarcado impuesto que se quiere presentar como superior.
Esta no es una situación nueva. Desde la concepción —posterior a la Segunda Guerra Mundial— de imponer un Estado de Israel que usurpara el suelo palestino por intereses geopolíticos, se justificó dicha invasión como un acto de apropiación de “una tierra vacía”. Así se instauró la negación como filosofía de vida, para desconocer cualquier proyecto de existencia que no partiera de ese interés hegemónico de imponer un estilo de vida occidental y capitalista. La lógica “tierra vacía, pueblo sin tierra” llevó a que los habitantes de Israel, desconociendo o ignorando la historia del pueblo que ocupaban, construyeran su narrativa imponiéndose sobre quienes allí, de formas plurales, desarrollaban su proyecto de vida. Por sus orígenes levíticos, les veían como errantes e indignos. Un país que se fundó hace 80 años desplazando y asesinando a miles de personas hoy construye su narrativa política sobre estas lógicas de deshumanización y exclusión de los otros, instrumentalizando la exigibilidad de los derechos humanos y de las libertades sexuales como excusa para colonizar e imponer su proyecto político.
En Gaza, a los sufrimientos diarios por las prácticas de exterminio que viven sus habitantes por esa violencia sistemática y la indiferencia de la sociedad, se suman los relatos de personas sexo-género diversas, a quienes la barbarie agudiza su sobrevivencia y censura sus posibilidades de reclamar condiciones de vida digna. En este país —fruto de la colonización inglesa—, como en otros países vecinos y en muchos de África, al desprecio hacia la disidencia sexual construido por la cultura musulmana, se suma la imposición legislativa inglesa que penalizó la homosexualidad y la transexualidad. Esto se agudiza cuando, en su vecino invasor —Israel—, sin convicción y activando su política de “lavado de cara”, se justifica la instrumentalización de las personas LGBTIQ+ desde el “pinkwashing”, mostrándose como defensor de estas personas solo cuando atacar a Palestina puede parecer menos ofensivo si se le señala como un Estado homófobo y tránsfobo. No se reconoce la herencia colonial de estas prácticas excluyentes, y, desde un discurso de lo “políticamente correcto”, se usan las causas de la diversidad sexual y de género solo para sacar réditos, sin ser garantes de condiciones de vida digna. Todo lo contrario: se vuelven permisivos del discurso de odio y muerte que arrasa estos días al pueblo palestino, validando la exclusión social.
Israel, igual que muchos Estados y espacios de la sociedad actual, usa lo LGBTIQ+ no como un compromiso con los derechos humanos, sino como una estrategia vacía para parecer moderno, instrumentalizando las luchas por el reconocimiento de quienes experimentan sufrimiento. Esta instrumentalización, como indica Lucks, tiene un efecto en doble vía: por un lado, se utiliza para justificar el trato excluyente al otro, llevándole a sentirse despreciado, menos persona y subvalorado; por otro, hace que quien lo usa se crea con superioridad moral para acusar, desconociendo que el entorno valida esa situación de inequidad. Las guerras hacen que el opresor no solo hostigue al oprimido, sino que cree una escala de valor entre quienes sufren. La invalidación social por presiones morales se usa para agudizar la exclusión hasta invisibilizarles, convirtiéndoles en blanco de violencia por la consigna de que son los últimos e indeseables de la sociedad. Por eso, si bien ser LGBTIQ+ en el mundo sigue siendo difícil por las causas de desprecio naturalizadas y los discursos de odio, lo es aún más en escenarios como la guerra en Ucrania o el genocidio en Palestina. Allí, las personas sexo-género diversas ven sus vidas correr mayor peligro, por el estado de invisibilidad y las prácticas sociales y culturales impuestas por siglos, de las que la colonización europea es en gran parte responsable.
En Rafah, una ciudad de la Franja de Gaza, el colectivo AlQaws, que moviliza acciones pese a las restricciones culturales, políticas y de la guerra, bajo una estrategia comunitaria de agrupar a personas sexo-género diversas en medio de los combates, ha demostrado —con documentación y denuncias a organismos internacionales— que hay una triple realidad que dificulta la vida de las personas LGBTIQ+ en Palestina: el patriarcado religioso impuesto como norma de vida, la presión sexual heredada del colonialismo y exacerbada por el capitalismo al cosificarla, y la vulnerabilidad activada por la guerra, que les considera de menor valía. Para este territorio, como para el nuestro —sumergido también en un conflicto armado—, la liberación no es solo frente a los actores violentos y sus armas, sino también frente a las causas estructurales que validan que haya vidas que valen menos y, por tanto, pueden ser aniquiladas. En el caso concreto de la Franja de Gaza, está la perversión del ataque: los israelíes, que posan de ser el Estado más pro-LGBTIQ+ del mundo árabe, acusan sistemáticamente a los palestinos de homofóbicos y transfóbicos, pero dichas acusaciones no están motivadas por el deseo de liberar a Palestina, sino por el uso de una carencia como excusa para presentarlos como inhumanos. Israel solo usa la etiqueta LGBTIQ+ como cosificación, mientras ignora al movimiento social israelí que mayoritariamente rechaza los ataques y denuncia el uso indebido de la orientación sexual y de género como arma de guerra.
La liberación de Palestina no es solamente una solicitud de desarme; es una exigencia de transformación estructural: erradicar el colonialismo que desde adentro determina formas de vida inhumanas, y el racismo despectivo desde fuera, que invalida sus demandas de dignidad. Todo esto en un escenario de invisibilidad que permite consolidar la homofobia y la transfobia como una acción cotidiana. Se requieren transformaciones estructurales, no asuntos cosméticos como el “pinkwashing” tan propio de Israel, que, con premisas falsas, habla de defender los derechos LGBTIQ+ solo para justificar el genocidio palestino, bajo el argumento de que “ellos” atacan a las personas sexo-género diversas.
El año pasado, el mayor responsable del genocidio, Benjamín Netanyahu, dijo en plenos días del Orgullo LGBTIQ+: “¿Tienes gais en Gaza? Eso es un absurdo. Si eres gay en Gaza, te disparan por la nuca”. Esto lo dijo en el marco de un evento donde quiso mostrarse como defensor de la diversidad sexual y de género, en un intento de presentar lo occidental como superior. Este es un uso desmedido del discurso de los derechos humanos para fortalecer un control usurpador de libertades y justificar el genocidio que el mundo se resiste a sancionar.
Hay evidencias de que Israel persigue a personas LGBTIQ+, sobre todo cuando son palestinas: encarcelamientos masivos, torturas, ejecuciones extrajudiciales, violencia sexual, amenazas, y limitaciones a la libertad de asociación y expresión. Para sus propios ciudadanos, la situación no es mejor: no se reconoce el matrimonio igualitario, se permiten las terapias de conversión y se perpetúan lógicas de desigualdad. A diario hay actos de violencia racista contra mujeres trans y asesinatos selectivos de personas LGBTIQ+ en situación de calle tras huir de Gaza. Eso sí, hace pocos días las calles de Jerusalén se llenaron de color con marchas patrocinadas por miles de dólares del erario público, para hacer presencia en encuentros internacionales, incluso proponiéndose como sede de un próximo encuentro mundial del movimiento.
Quienes justifican el genocidio con el argumento de que Palestina es homofóbica y transfóbica solo instrumentalizan el discurso occidental de la igualdad para justificar el racismo. Por eso, el extraño homonacionalismo de Israel es postizo: oculta violencias y relativiza la opresión. Ese uso del discurso de la igualdad para cometer violencias es anacrónico. Dan a entender que el genocidio es defendible en nombre de la liberación sexual, negando las violencias por prejuicio que se cometen en Occidente y que son validadas por el capitalismo. También niegan la existencia de palestinos disidentes sexuales y de género que luchan por su libertad y contra el colonialismo.
No hay liberación sexual sin descolonización. No hay libertad si Palestina está ocupada. En Palestina, la tradición musulmana sembró odio hacia las personas sexo-género diversas, odio que el colonialismo exacerbó; en Israel, el judaísmo impuso restricciones a estas personas que el capitalismo cosificó. Ambos han hecho muy difícil la vida, pero no pueden los segundos invadir a los primeros con argumentos de superioridad moral. El movimiento “No hay orgullo con genocidio”, desde el año 2000, ha movilizado una estrategia crítica del “lavado rosa” que crece en el mundo para justificar la violencia. Ya lo dejó claro la cineasta Dima Hamdan en su película Blood Like Water: la historia de cómo el ejército israelí chantajea a homosexuales palestinos en Cisjordania, bajo la amenaza de revelar su orientación si no colaboran con información. Es el dilema entre el escarnio público o la traición, propiciada por el país que posa de paraíso homosexual para promover el irrespeto a los derechos humanos de los palestinos.Wilson Castañeda Castro
Director
Caribe Afirmativo
