Los grupos políticos de derecha que promueven el odio en la política han hecho de la agresividad, la mezquindad y la violencia su medio de relacionamiento en la sociedad.
En un mes del nuevo gobierno de Colombia, nos ha pasado lo que ya se había anunciado —por supuesto, con otras proporciones y particularidades—: la llegada al gobierno de un hombre limitado, manejado por poderes externos e internos, que es usado para imponer una forma de gobierno que reduzca su compromiso con los derechos humanos y el bienestar y restablezca la seguridad capitalista, para hacer de esta la sociedad del capitalismo y todo a su servicio, y no el capital como un mecanismo de asegurar derechos. Todo ello, en una lógica de que estamos en crisis, hemos tocado fondo y toca hacer cambios que implicarán compromisos y renuncias, pero todo ello por un bien superior que nos han creado en detrimento del bienestar: la patria y, en ella, la búsqueda de legitimidad de violar derechos humanos.
Las expresiones de racismo, clasismo, misoginia y homofobia que se reencauchan en las formas de hacer política en la actualidad y que están ganando elecciones dan cuenta de que, pese a que creíamos que era una prueba superada, el fascismo está vigente y se abre camino entre nosotros. Este, encarnado en partidos políticos de ultraderecha que, sin tabúes, buscan posicionar una cultura del desprecio y del desconocimiento de las diversas expresiones poblacionales, sociales y culturales que tiene la sociedad. Dando paso a una agudización del capitalismo que despersonaliza las luchas sociales y cosifica los intereses legítimos por la dignidad.
Fue quizás Alemania, pese a su origen italiano con Mussolini, el mayor exponente del fascismo, con la lucha a muerte de Hitler por hacerse al poder no solo de su país, sino del mundo, bajo la máxima de darle espacio en la política al miedo y a la rabia y permitir como acción lícita de relación la agresividad, mezquindad y violencia, mostrándose hostil a los ideales de igualdad y fraternidad y declarando la guerra a los más vulnerables de la sociedad, haciendo de la grandeza subjetiva el mayor valor de la gobernanza y a los intereses económicos el fin último de su actuación. Donde hacen carrera tres máximas: los líderes —casi siempre hombres— son mesiánicos y tienen aire de salvadores; el bien superior debe estar por encima del bienestar y la dignidad y lo dicta el líder supremo; y se construyen parámetros ideales de sujeto y sociedad y quien no encaja en ellos debe ser aniquilado.
Esta expresión política fue la vergüenza que nos llevó a la guerra mundial y creíamos superada por la indignidad que historias, libros y museos nos recuerdan; pero se hace nuevamente presente y se encarna en otros lados utilitarios de un régimen que no tiene como prioridad el bien común y busca imponer una sociedad bajo las lógicas del desprecio de quien gobierna y del miedo que experimentan quienes son gobernados. Afirmo que estamos en un neofascismo: fascismo, por el talante totalitario, antidemocrático y ultranacionalista con el que en los últimos meses hemos visto la llegada de gobiernos a Argentina, Bolivia, Perú, Ecuador, Colombia, Costa Rica, Italia y EE. UU., con un talante que, guardando las diferencias, se explica por: a) personas que encarnan individualismo y no proyectos colectivos; b) propuestas que ponen el bien llamado “patriótico” por encima del individual y colectivo; c) un Estado que, en su afán de control, busca permear la vida tanto pública como privada de sus ciudadanos; d) la urgencia de concentrar la acción política en un líder con esencia mesiánica que se vuelve absolutista; e) poner encima del bien social el bien de la nación, encarnada en una imagen autoritaria y patriarcal como la patria; f) darle más peso a la vida militar que a la civil y al control sobre las libertades, con la fuerza del Estado policivo; y g) la imposición del poder por la fuerza y por la irracionalidad del autoritarismo.
Alemania desplegó dos estrategias de dicho fascismo: de un lado, el control a las libertades, en el país que más había ganado en ello, con un discurso contradictorio de satanizar los cuerpos y lo que estos representan, movilizando el miedo, la indignación y la repulsión a los sentires corporales, pero, a la vez y de forma contradictoria, usando el cuerpo como un vehículo de placer y satisfacción para quienes controlaban la guerra. Un ejercicio de doble moral de perseguir a las personas homosexuales luego de la activación de la resolución 175, que condenaba las prácticas homoeróticas como delictivas, y, por el otro lado, usarlas para su explotación corporal. Allí la República de Weimar fue determinante en entender el papel social de la disidencia sexual, pues dejó de ser una categoría médica para convertirse en un proyecto de vida, proceso que había iniciado en la segunda mitad del siglo XIX, dando paso a la enunciación política de la diversidad sexual y de género.
En 1919, la Constitución de Weimar dio paso en este país para pensar en el reconocimiento de derechos y ampliación de libertades, la identidad sexual y de género como forma ciudadana, que dio paso a espacios colectivos y exigibilidad de derechos. Pero justo cuando arrancó la guerra y en ella la aparición de Hitler y su potencial destructor, se desmontaron las libertades y se pusieron límites a los derechos. Haciendo de la disidencia sexual y de género un campo en disputa, con escándalos judiciales que le dieron un lugar en el espacio político, haciendo del homosexualismo una figura de decadencia social y la instrumentalización de acusaciones de personas con conductas presuntamente inmorales como un arma de control social desde lo que los cuerpos construyen como espacios legítimos. Haciendo que la sexualidad dejara de ser un asunto privado y se convirtiera en un asunto público, no para garantizar derechos, sino para deslegitimar pretensiones de ciudadanía.
El nacionalsocialismo instaurado en 1933 decidió perseguir de manera directa las expresiones de diversidad sexual y de género; destruyeron archivos y se impidieron espacios para la cultura homosexual, se institucionalizó la persecución hacia las personas homosexuales a partir de prácticas de criminalización previa. El emblema más característico de esta persecución fue el cierre del lugar de encuentro El Dorado, un lugar de encuentro de personas homosexuales y trans y escenario de construcción cultural y artística, que se posicionó como espacio de libertad de Berlín para el mundo. En enero de 1933, el local fue clausurado y usado por el partido nacionalista para retenciones arbitrarias.
Hoy, vientos aparentemente nuevos han traído prácticas fascistas que considerábamos terminadas y se han enquistado en la forma de hacer política y ganan elecciones. Se caracterizan por: a) darle un lugar a la discriminación como forma de gobernanza, haciendo de la xenofobia, misoginia, racismo, homofobia y transfobia una práctica inherente a los Estados en su plan de gobernanza; b) desgaste de la democracia, despreciando las prácticas liberales de respetar la vida privada, vaciando de contenido el mayor fin de la democracia, que es la igualdad real; c) oposición frontal y violenta a otras formas de pensar y opciones políticas; d) populismo mesiánico, depositando, bajo mecanismos engañosos, en las comunidades supuestas inconformidades que ellos buscarán erradicar bajo una práctica de populismo ideológico; e) un afán por darle valor a la patria como entidad superior al de la sociedad y que obliga a despojarse de la subjetividad por una construcción colectiva en términos de lo que el liderazgo político determina; f) se busca rescatar la religión como fenomenología, para posicionarla como esencia social en términos doctrinales; y g) se pone a la familia como bien mayor, antes que la persona, y esta en términos tradicionales, religiosos y excluyentes.
El fascismo de ayer, como el fascismo de hoy, le ha declarado la guerra a la disidencia sexual y de género, convirtiéndola en una práctica grave que el Estado tiene que eliminar porque pone en jaque el bien mayor de la patria que representan; lo hacen bajo dos fenómenos: una sublimación de la sexualidad, siendo racistas en sus prácticas para excluirla, pero cosificantes en sus cotidianidades para usarla en términos de explotación y denigración humana; y, de otro lado, una hostilidad sistemática hacia las diversidades del ser humano, con una obsesión de crear una imagen de persona ideal: hombre, blanco, heterosexual, religioso, casado y de clase media. Una relación entre perfección e imperfección que incluso pasa por percepciones estéticas y deja fuera a quienes son marcados como diferentes, y eso legitima en sus políticas mesiánicas su exclusión e invisibilización.
Se crean angustias, sentimientos de frustración y de derrota por no ser una nación completamente suficiente e inteligente en los parámetros impuestos. El nazismo fue un régimen obsesionado con reprimir la diversidad y aniquilarla; la extrema derecha que hoy nos gobierna va por este mismo camino: aniquilar libertades para gobernar destruyendo derechos, y seguirán presentando la diversidad sexual y de género como algo sucio y vacío y legitimarán el uso de la fuerza y el odio al contrincante como su manera más legítima de relacionarse, todo ello para legitimar su crueldad, que aprovechan para humillar y agredir a las personas LGBTIQ+, pero que, a la vez, aprovechan desde la perversidad de sus necesidades placenteras tras la ilusión de una raza dominante, donde el placer, para castigarlo o para usarlo, seguirá siendo una fuente de funcionalidad para la política fascista.
Wilson Castañeda Castro
Director
Caribe Afirmativo
