Más de 50 personas LGBTIQ+ dadas por desaparecidas en el conflicto armado son buscadas hoy por nosotras, el movimiento social, que nos hemos constituido en su familia social, pues nuestra lucha es también con ellas y por ellas, y no descansaremos hasta encontrar todos los colores del arcoíris.

Muchas veces caminamos cerca de los cementerios o los anfiteatros, sin preguntarnos qué hacen las personas que diariamente tienen estos como lugares de destino, lugares como, en el caso del Cementerio Universal de Medellín, que recuerda cada minuto a los habitantes de esta ciudad que van de norte a sur que perdíamos personas por el conflicto armado y el conflicto sociopolítico. Allí, precisamente, iban los más olvidados, los que no se reconocían o aquellas personas que el desprecio social quería invisibilizar. La gratuidad y el sentido de lo público de ese camposanto, bien llamado universal, se volvió en el lugar donde, cuando se perdía toda esperanza, venían a buscar a quienes no hallaban y temían que habían sido arrebatados por la violencia, o asistían al lado a Medicina Legal con la incertidumbre de recibir respuestas esperanzadoras. Por eso, pese a que hoy sigue siendo esta la misión de estos kilómetros de parque cementerio y de Medicina Legal, reclaman un espacio para la memoria que narre a las futuras generaciones los sentimientos que transitaron este lugar y que hoy se levantan como un grupo de resistencia entre la muerte que clama por la vida.

Este lugar, testigo resistente de la terquedad de la violencia que se ensaña sobre la ciudad y último espacio donde buscamos a quienes no están, resuenan hoy unas preguntas en nuestra memoria colectiva: ¿Qué desaparece con las personas desaparecidas? ¿Por qué desaparecieron? ¿Qué esperamos para buscarlas?
¿Dónde están?

Hacer un memorial es revivir el recuerdo en colectivo, es darle vida a lo que buscaron extinguir y poner luz donde quiere permanecer la oscuridad. En suma, el recordar como práctica de resistencia implica estar con otras y hacer público el sentimiento de encontrar a quienes nos han dejado como un proceso de sanación, y este ejercicio tiene dos prerrequisitos: la sensibilidad para hacer presente lo que se mantiene ausente y la persistencia para no desfallecer, pese a la indiferencia social y política. En esta ardua labor, las mujeres buscadoras en Colombia han abierto camino y no solo lo han transitado ellas; en la sororidad que las caracteriza, nos han llevado a nosotras, como movimiento LGBTIQ+, de la mano. Por eso, esta acción que hoy celebramos en la Red de Buscadoras, en este lugar que es un referente para quienes habitamos esta ciudad y el país, es una expresión de que es posible recordar en colectivo, construir desde la juntanza memorias en resistencia y no descansar hasta encontrarles y darle un lugar de dignidad a las personas desaparecidas.

En su novela “Los espantos de mamá”, Gilmer Mesa recuerda que lo que por décadas ha buscado callar el conflicto armado, la búsqueda amorosa lo logra desde la memoria popular porque “esta historia nuestra hecha de violencias, resistencias, se niega a desaparecer, este país entero, que era un amplio cementerio de muertos sin nombre y sin historia… hoy tiene unos dolientes en nosotros, sus familias sociales”, pues encontrarlos es menester para que la paz sea estable y duradera. Este ejercicio memorial da cuenta de ello porque la desaparición de alguien querido arrebata cosas tan hondas de uno que, ni encontrando lo buscado, se recupera, pues en este país solo desaparecen los que ya están desaparecidos desde que nacieron, los más olvidados y despreciados de este proyecto de vida que tercamente se resiste a abandonarnos y dejarnos vivir en paz y, por las más de 132 mil de todo el país y entre ellas, hasta hoy —seguro con subregistro—, más de 50 personas LGBTIQ+, decimos desde este lugar que nunca más serán identidades ausentes.

Por eso, las personas LGBTIQ+ que, resignificando la familia como un proceso de construcción colectiva, nos asumimos buscadoras de aquellas que nos han sido arrebatadas y que nos negamos a olvidar, y en este lugar donde, desde lo ritual, disponemos la esperanza de que la muerte no es el final, nuestra custodia de los cuerpos encontrados y los que nos empeñamos en encontrar es la señal de que seguimos contados en los afectos que nos motivan a reclamar y honrar, como acción afirmativa y pública ante la negación, pues solo abrazaremos la paz estable y duradera cuando se abra, entre la muerte, espacios para la vida en solidaridad, dignidad y reconocimiento. Este es, desde hoy y para siempre, un espacio que habla de las ausencias y, al nombrarlos, nunca más ocuparán ese lugar de lo invisible y serán unas con nosotras, porque la identidad es precisamente ser uno mismo y solo se es en relación con los otros.

La Comisión de la Verdad, en su informe final, interpela la indiferencia social frente a la desaparición forzada agudizada por el conflicto armado y, por eso, nos planteó una hoja de ruta para que la búsqueda de las personas dadas por desaparecidas sea una posibilidad de asumir en primera persona el compromiso con la paz. Tener en cuenta que el proceso de búsqueda es fundamental en el proceso de reparación integral de los familiares y en la garantía de sus derechos, y que los desaparecidos son también parte de Colombia. Por ello, el Sistema Integral para la Paz, con la participación de las organizaciones de derechos humanos y de víctimas, debe realizar los ajustes institucionales, de política pública y normativos que sean necesarios para promover los procesos de búsqueda de personas dadas por desaparecidas, en el contexto y con ocasión del conflicto armado, con el fin de garantizar que la búsqueda sea una prioridad que compromete al Estado en su conjunto y se avance en:

  1. Mejorar la articulación y la coordinación a través de canales institucionales dispuestos exclusivamente para ese fin, con el fin de evitar la fragmentación de acciones que comprometan el resultado.
  2. Optimizar las capacidades de investigación forense para la identificación a través del fortalecimiento institucional en cuanto a su cobertura territorial y su infraestructura física, humana y tecnológica.
  3. Priorizar la identificación de los aproximadamente 25.000 cuerpos no identificados distribuidos en diferentes lugares del país, incluidos los cementerios.
  4. Garantizar políticas a nivel territorial y nacional para la custodia, preservación y dignificación de los cuerpos no identificados o identificados no entregados en los distintos cementerios del país.
  5. Hacer efectivo para la UBPD el acceso a la información que reposa en entidades públicas que pueda conducir a facilitar los procesos de búsqueda extrajudicial y humanitaria que lleva a cabo.
  6. Garantizar la participación de los familiares de las personas dadas por desaparecidas en el proceso de búsqueda, incluidos los Planes Regionales de Búsqueda, con el fin de contribuir a que el proceso de búsqueda sea reparador en sí mismo.

Por eso, como familia social, que reconoció el acuerdo de paz y validó la Unidad de Búsqueda en la política pública; pues nuestros lazos no son meramente consanguíneos, son afectivos, nos corre por el cuerpo el amor, los recuerdos de quienes están ausentes y su recuerdo nos interpela al unísono por buscarles, reconocerles y acogerles en esta idea de un mundo en paz, donde la diversidad nos une, no nos divide. En nuestro corazón hoy, León Zuleta, a 33 años de su asesinato aquí en el barrio Loreto, y cuatro años después de la muerte de Diana Navarro, activista trans que se formó en la Universidad de Antioquia. De León aprendimos el valor de darle un espacio digno a los cuerpos con su bonito mensaje dejado escrito en las paredes públicas: “Mi cuerpo es tuyo, te lo doy”; de Diana, su afán por ocuparnos de aquellas por las que nadie se preocupa. Esas son nuestras familias, esos son nuestros afectos y eso es lo que ponemos hoy al servicio de la búsqueda de las decenas de personas que están desaparecidas y no tienen quien las busque.

Victoria, que tres años atrás, conversando sobre desaparición forzada de personas LGBTIQ+ en Medellín, entonó con la furia travesti su manifiesto, su digna rabia y rebeldía que hoy es nuestra, y que se transformó en memoria y de allí devino en dignidad, por la urgencia de encontrarnos con nuestros hermanes y sus identidades que trataron de negar. Con ella aprendimos que la digna rabia es una herramienta legítima de sobrevivencia de una cultura que ha criminalizado, patologizado, invisibilizado y desaparecido nuestras identidades, víctima del dominio patriarcal que reproduce el desconocimiento sobre la desigualdad simbólica y material que solo incrementa la pauperización de nuestra existencia. Por eso, querida Victoria, desde este mausoleo y hasta el infinito donde están, con otro colega que hoy recordamos, Jesús María Valle, te decimos: “Aquí estamos y estaremos siempre, en el fragor de la lucha o en la quietud de la muerte”.

Wilson Castañeda Castro
Director
Caribe Afirmativo

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