Hace 33 años, en el barrio Loreto de Medellín, fue asesinado León Zuleta, un disidente sexual que, desde el marxismo, la filosofía crítica, el sindicalismo radical como opción política y la revolución cultural, participó en las primeras acciones del movimiento de liberación homosexual en Colombia y hoy sigue inspirando al movimiento LGBTIQ+.

Pese al empeño del movimiento social LGBTIQ+ por hacer de León Zuleta un referente en términos de ser pionero de las acciones de la liberación homosexual en el país, basta echar un vistazo a la vida y obra que se recoge en su libro “Semas y plebes”, en las publicaciones de “El otro” y en los testimonios de sus amigos y compañeras, para dejar constancia de que León, lejos de construir en torno a él una imagen de liderazgo jerárquico en torno al movimiento de disidencia sexual y de género, lo que buscaba era participar en un proceso de construcción colectiva donde él era uno más. No se empeñó en la interlocución con las instituciones del Estado; creía que la lucha debería estar en torno a una reforma estructural de la sociedad, donde el propósito no podría ser la normativización vía legislativa, sino el cambio cultural, y se empeñó en que la reflexión no pasara por el comodín de la inclusión o la afirmación, sino que se vertiera en una profunda reflexión social sobre la vida y las dinámicas de la sexualidad en términos políticos.

Lejos de consagrarlo como “padre” del movimiento, por lo incómodo que le resultaba a él el patriarcado en general y su experiencia paterna en particular, podríamos decir que en León Zuleta, un hombre de gran trayectoria académica y sindical que públicamente asumió su disidencia sexual —no gaycidad—, (incluso siempre manifestó que sentía atracción tanto por hombres como mujeres), sino desde una enunciación bisexual, otorgó desde su obra académica y su activismo político unas pistas que pueden dar luces hoy a la agenda de la disidencia sexual y de género, en un momento histórico concreto donde las instituciones ponen en jaque las libertades y se usa el discurso moralizador para negar derechos.

En primer lugar, León propone una acción poética, no para la romantización de la normalización, entiéndase el equiparamiento de las instituciones del Estado a las demandas sexo-género diversas, sino para poner en cuestión el sentido de la estructura social con discusiones argumentativas, críticas y performativas para reivindicar derechos, donde la narración sea el resultado del posicionamiento del bien común en términos circulares, jamás jerárquico. Para él, la dignidad es el sentido de pertenencia a sí mismo y debe estar por delante de cualquier acuerdo social, y el entramado debe proveer condiciones para desarrollarla en libertad; cualquier acción, pensamiento o símbolo que mine la dignidad debe ser puesto en cuestión.

En segundo lugar, concibe la política no como una acción profesional o militante, sino como un proyecto de vida, desde el cual es válido tener espacio para la realización de los sentimientos y placeres de cada persona, sin ninguna barrera que aliene o cosifique los intereses por bienes superiores como el patriotismo y la voluntad general.

Y, en tercer lugar, determina la ética en perspectivas estéticas, donde sentirse bien pasa no por la imposición normativa, sino por el sentimiento de libertad, en el cual la sexualidad recoge su máxima expresión, acuñando así su célebre expresión: “Sin libertad sexual no hay libertad política; y sin plena tranquilidad de disfrutar el deseo y el placer, no podrá existir la libertad política”.

Así, en términos éticos, estéticos y políticos, desde sus formas irruptivas, sin un protagonismo individual, sino desde la acción colectiva, interpeló la sociedad patriarcal tan presente en su mundo sindical, el tufillo autoritario de su cátedra filosófica y la pretensión simulante de su sexualidad exigida por sus compañeros de causa. Se resistió a reservar para lo privado el placer y se negó a determinar lo público como el espacio de la negociación; por el contrario, propone una sociedad donde esas barreras dejen de ser la justificación de la doble moral y deslegitimen el uso tan cotidiano de lo políticamente correcto. También cuestionó altamente el adultocentrismo de la sociedad para pensar la sexualidad y poner el consentimiento como fruto de la delegación y no de la autonomía, le hace responsable de los males y las perversiones que esta encarna; precisamente, reivindicaba una educación sexual transparente, responsable y clara desde que se empieza la vida, que rompa mitos, que se resista a dogmas inhumanos que terminan cultivando relaciones de injusticia y opresión, que terminan haciendo de la sexualidad un vehículo de dominación.

Indicó que el primer acto de conquista de la libertad era renunciar al afán de “encajar”, invitaba siempre a vivir la alegría de la diferencia, a construir satisfacción cotidiana y corporal en los placeres más simples que traen gozo y conducen a la felicidad. La disidencia en términos sexuales no es un ejercicio de tránsito, sino una opción de vida, que vincula sentires y racionalidades y que, lejos de apostarle a la visibilidad homosexual, debe conducir a la realización de la sexualidad plena, donde la seducción a sí mismo y al otro, como estrategia de vida. El ahora debe ser más vinculante que el futuro incierto, los retos deben ser oportunidades de fortalecer el amor por lo que hacemos y la capacidad de cambio debe ser la ilusión que cada día nos trae algo nuevo.

Sin desarrollar la teoría de los cuidados, para León, los sufrimientos y los martirios eran inhumanos; la militancia exigía, desde su práctica tardía en el anarquismo: “quererse mucho”, ritualizar cada momento de la vida, generar relaciones empáticas y hacer de la solidaridad acción de relacionamiento en la vida, alejarse de cualquier riesgo de sufrimiento y liberarse de las malas influencias que alejan las energías bonitas de la vida; al final, amar lo que se hace y disfrutarlo era la mayor licencia para seguir haciéndolo.

Zuleta era un hombre extemporáneo. Llamaba a sus días “época opaca, cuadriculada y pobre”, embebida por la racionalidad instrumental y técnica que, desde la mayor expresión de la reificación, ha objetivado y convertido en cosa hasta los sentimientos más legítimos del ser humano. Sin embargo, asumió no quejarse; decía constantemente “no es época de llorar”. Este desasosiego es suficiente motivación para transformar la realidad. Llegó la hora de poner fin a eso de actuar en tercera persona y ser nosotros mismos, producir la propia verdad y vivir con una alegría permanente, que se disfrute cada instante haciendo uso de su siempre nombrada “risa filosófica”.

Cuando fue expulsado del Partido Comunista (acto que el partido reparó en 2023, restituyéndole su militancia), lejos de molestarse, se lo tomó —con algo de desilusión— como una etapa necesaria en su vida (lo dirá luego desde su anarquismo), que le ayudó a sacudir lugares comunes que le generaban comodidad; pues decía que de dicha expulsión aprendió quizás la mayor lección para la acción colectiva: no gastar nuestras luchas en transformar las instituciones, sino la sociedad de todas las maneras posibles; desculpabilizar la vida y descodificar las vivencias de la sexualidad. Indicó con contundencia, al final de su vida, que el empeño militante debería ser no en el reformismo, que aparentemente cambia para que todo siga igual, sino en la revolución para que las cosas no sigan siendo como antes. Esta sociedad no sería humana, ni justa ni respetuosa de la diversidad, si no se sana de esa estructura dominante y patriarcal que a quienes disentimos del sexo y del género nos clasifica en términos de culpabilización.

Cuando fue asesinado el 23 de agosto de 1993, al regresar a su casa después de una fiesta, donde el asesino impactó su cuerpo con más de 20 impactos de arma blanca, se encontraron varios escritos, el más famoso, su poesía al ángel de la guarda, donde indicaba en sus trazos: “los silenciados de la historia han empezado a hablar desde el erizamiento de sus cuerpos”. Los últimos años de León estuvo muy alejado del movimiento de liberación homosexual, incluso distanciado; se le reconocía más por su causa sindical y filosófica, pero siempre marcado con desdén por sus copartidarios como el sindicalista desaforado en su sexualidad o el filósofo irreverente en moralidad. Como si su disidencia limitara su humanidad o menguara su lucidez. Años después, sus antiguos compañeros de trabajo de la Universidad de Nariño, desde donde le habían expulsado por presión de la Iglesia católica, que le consideraba una amenaza para la educación de las generaciones jóvenes por su disidencia sexual, contaron la anécdota, aún no verificada, que el día que abandonó la ciudad de Pasto para irse a Medellín apareció en un lateral de una iglesia del centro de la ciudad un grafiti que rezaba: “Mi cuerpo es tuyo… yo te lo dejo”. Para ellos, una clara despedida de León de la ciudad y la sociedad que lo despreció por su irreverencia y por querer vivir en libertad.

Wilson Castañeda Castro
Director
Caribe Afirmativo

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