Reflexiones para el primero de mayo desde las experiencias LGBTIQ+ en el Caribe colombiano

Cada primero de mayo se activa un lenguaje que parece sólido, casi indiscutible. Se habla del trabajo como derecho, como base de la dignidad, como camino hacia la inclusión. Se evocan luchas históricas, se recuerdan conquistas, se insiste en que el empleo es la puerta de entrada a una vida mejor. Todo parece ordenado: trabajar conduce a derechos, y los derechos garantizan condiciones de vida dignas.

Pero hay algo en ese relato que no alcanza.

No porque el trabajo esté ausente en ciertas vidas, sino porque está presente de formas que ese mismo lenguaje no logra nombrar. Formas que sostienen la vida todos los días, pero que no terminan de ser reconocidas como trabajo en los términos en que el trabajo se convierte en derecho.

En el Caribe colombiano, muchas personas LGBTIQ+ no están por fuera del mundo laboral. Están profundamente dentro. Trabajan en la calle, en la casa, en el rebusque, en lo que salga. Venden, cocinan, cuidan, estilizan, atienden, negocian, se mueven de un lugar a otro. Hacen de todo. El trabajo no falta. Lo que falta es lo que ese trabajo debería garantizar.

La investigación realizada por la Corporación Caribe Afirmativo (2025)  lo dice con claridad: “trabajamos en todo y en nada a la vez” . Y esa frase no es una exageración. Es una forma precisa de nombrar una experiencia: trabajar de manera constante sin que ese esfuerzo logre estabilizarse, sin que se convierta en seguridad, en protección o en derechos.

Los datos son claros. Cerca del 39,7 % de las personas LGBTIQ+ participantes se vinculan a trabajos independientes, mientras que otro 40,1 % se mueve entre la informalidad, el trabajo sin contrato y actividades como el trabajo sexual . Esto no habla de ausencia de trabajo. Habla de otra cosa: de una forma de inserción donde la actividad es permanente, pero las condiciones son frágiles, cambiantes, insuficientes.

Aquí la precariedad no aparece como una etapa previa a la estabilidad. No es un momento que se supera con el tiempo o con más oportunidades. Es una forma de estar en el trabajo. Una condición estructural que organiza la vida cotidiana. Se trabaja resolviendo el día, ajustándose a lo que aparece, combinando oficios, sin poder dar por sentado el ingreso ni proyectar el futuro.

“Uno hace de todo… pero igual no alcanza”, dice una de las personas que participó en la investigación . Y ese “no alcanza” no se queda en lo económico. Nombra algo más profundo: la imposibilidad de que el trabajo, aun siendo constante, se traduzca en derecho. Y esa condición no se distribuye de manera igual.

El trabajo no solo organiza la economía. También organiza la posibilidad de ser reconocido dentro de ella. Define qué cuerpos pueden entrar sin problema, cuáles deben ajustarse y cuáles quedan en los márgenes. En muchos espacios laborales, la diferencia no expulsa de manera directa, pero sí obliga a negociar: moderar la expresión, cuidar la apariencia, aprender a no desbordar.

Hay cuerpos que logran habitar esos espacios con relativa continuidad. Otros no. Las mujeres trans, las personas con expresiones de género disidentes, quienes no encajan en las expectativas de “buena presencia”, enfrentan más barreras, más rotación, más precarización . El mensaje no siempre se dice en voz alta, pero se siente. Se aprende rápido cómo moverse, cómo hablar, cómo no incomodar.

Trabajar implica también aprender a encajar.

En medio de todo esto, las personas no se quedan quietas. Se mueven, resuelven, inventan. Combinan trabajos, construyen redes, identifican oportunidades, se desplazan. Hay inteligencia, hay estrategia, hay formas de sostener la vida incluso cuando las condiciones son adversas. Pero eso no equilibra la desigualdad.

Estas estrategias no corrigen la estructura que produce la precarización. Ocurren dentro de ella, muchas veces a costa del desgaste, de la incertidumbre, del cuerpo mismo. Nombrarlas no es celebrarlas, sino entender cómo se vive el trabajo cuando este no logra consolidarse como derecho.

Desde ahí, el concepto de trabajo decente se tensiona. No porque sea inútil, sino porque no alcanza. Nombra aspiraciones legítimas —dignidad, protección, reconocimiento—, pero deja por fuera muchas de las formas en que hoy se sostiene la vida. El problema no es solo quién accede al trabajo decente. El problema es que el trabajo mismo está organizado de tal manera que ciertas vidas quedan sistemáticamente en sus márgenes.

Trabajan.
Sostienen.
Resuelven.

Pero sin acceder a lo que ese mismo sistema promete.

Por eso, este primero de mayo no puede quedarse en la consigna. Decir que el trabajo es un derecho ya no es suficiente. La pregunta tiene que moverse hacia otro lugar: quién puede ejercer ese derecho en condiciones reales, quién trabaja sin ser plenamente reconocido y qué cuerpos siguen teniendo que negociar su existencia para poder sostenerse.

Porque hay algo que este día suele dejar por fuera. Hay vidas que no están al margen del trabajo. Están profundamente dentro de él.  Y, aun así, siguen esperando que ese trabajo les garantice algo más que sobrevivir.

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